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sábado, 26 de marzo de 2022

CÁLIDA ESPERANZA,


 En el año 2008 participé en otra antología poética, ésta del Centro de Estudios Poéticos, y en su página 116 puede verse uno de mis poemas pertenecientes a mi cuarto poemario, Entresijos de la memoria, y debajo del mismo una breve nota biográfica.

El poema en cuestión es el soneto Cascada concertante, que forma parte de una serie de cuatro sonetos dedicados al Parque Oromana, en Alcalá de Guadaíra, y es el que sigue:


El leve rumor de las aguas sobre las rocas
preparándose para dar su salto al vacío,
ajenas a las voraces y resecas bocas
que buscaban saciar sus calores del estío,
me recordaba un adaggio de finito amor,
cuando, en la tribuna de tan dulce cascada,
me sentaba buscando el deleite del frescor
de su somnolienta transparencia desangrada...
A recordar cuántas fuentes había, no acierto,
ni cuántos días umbríos por allí pasé;
pero los asonados gemidos del concierto
silvestre para cuatro manos si que recuerdo,
de algunas veces que aquellos caminos bajé
buscando la compañía del río más cuerdo.


martes, 22 de junio de 2021

A JUSTO LUIS RAMOS DE LA FERIA

 



Semejante a la luz de una vela mortecina,
una vez agotada  la cera que la sostiene,
cuyo postrer fulgor impresiona mi retina,
se repliega la vida cuando la aurora viene
tendiendo, de redivivos  recuerdos, un puente
hecho de una luz distinta a todas las demás,
sobre la silenciosa noche resplandeciente,
dejando sus vacíos y oquedades atrás.
Florecen los sentimientos que había escondido
detrás de su porte serio y trabajador,
y   mengua todo aquello que había conseguido;
la ternura aparece sin disimulaciones,
la presencia de sus hijos pide con amor,
sintiendo  cómo lo sofocan las emociones.


Después de un tiempo de descanso, si puede decirse así simplemente por haber estado alejado de este blog, vuelvo a tomarlo incorporando en esta entrada un soneto escrito el mismo día, el 8 de febrero del 2000, en que falleció mi suegro; queda en su memoria. Este poema está incluido en el que es, por ahora, mi último libro, Casa con tres galerías, el número 48 de mis poemarios.

Y, por otra parte, la edición del que será ,mi segundo libro en solitario está ya casi acabada. queda por hacer la que espero sea la última corrección de la tripa y la cubierta. Llevará por título Jirones de niebla. En la próxima entrada trataré del mismo más extensamente.

lunes, 2 de noviembre de 2020

LA INFLUENCIA DE BÉCQUER

 


  Decía en una entrada anterior que empecé a escribir bajo la influencia de Gustavo Adolfo Bécquer. Así es, pero no menos cierto es que, ya antes que él, estuvo la de Antonio Machado, a propósito de la cual contaba la anécdota de que, en una clase de Literatura y Lengua Española, leí el poema Castilla y de inmediato escribí uno, Andalucía,  a su semejanza; se lo enseñé a D. José Manuel, el profesor que nos daba esa materia, lo leyó en uno de sus interminables paseos a lo largo de las filas de pupitres y me lo devolvió sin decirme ni una palabra. Pero de inmediato, cosa, por lo demás, propia de aquellos años adolescentes, la influencia de Bécquer.

Cuando se habla de Bécquer,el principal poeta del romanticismo español, la atención se suele centrar en esta temática, la cual en aquellos años fue muy importante para mí. Pero no menos lo ha sido el otro tema capital en la producción literaria becqueriana, la muerte, un tema al que he dedicado dos libros completos y otros muchos poemas sueltos, con lo que, a la postre, ha tenido en mí mayor trascendencia que aquél.

La forma que usaba Bécquer era la lira, una estrofa (versos asonantes de siete y once sílabas métricas ordenados según el deseo del autor) muy flexible y propia de la rebeldía romántica frente a otras más clásicas y rígidas, como el soneto. y con la lira comencé a escribir. Curiosamente conservo pocas poesías escritas así, porque enseguida di el paso hacia otras estrofas más típicas de Machado, como el romance o el soneto, con lo que ambos poetas compartieron su influencia.

Aquí pongo una de tema romántico, un tanto becqueriana, perteneciente a mi primer poemario, Mirando adentro, del que ya he hablado en varias entrada:

Cuando el sol extiende su manto rojo
y fijo mis pupilas en tus ojos,
la paz inunda mi pecho
desde el frágil firmamento.


En el mismo poemario y en la misma línea, este otro poema:

Un temblor invertebrado
recorre mi columna vertebral
desde el géiser de tu abrazo
a la médula de mi identidad.

Y acabamos esta entrada con  este soneto, titulado Cuando tú sales:

Cuando tu sales, el sol amanece
y las estrellas se cierran cual flores,
eclipses en celo de tus amores;
cuando tu sales, mi cuerpo amanece.
 
Cuando tu sales, canta la primavera
con la purpúrea luz de Andalucía,
bullendo en mi reloj de cada día,
palpitando en tu fruta mañanera.
 
Sales en un murmullo de primores,
trinos del esplendor de la mañana
por versallescos pájaros cantores.
 
Pero cuando te quedas en casa,
suena para mi la pena temprana,
mientras tu mano mi desdicha amasa
 
con el ritmo de luto en la campana.


y para acabar esta selección, un poema de Aromas nocturnos, titulado Pretérito imperfecto:

En esas lentas tardes
que pasan en pretérito imperfecto,
se sacuden los trajes
de los imberbes sueños.
Como en esta blanda tarde de otoño;
que todo está vivido
aún antes de que se asiente el poso,
dado por fenecido
sin que más alboroto
se produzca dándolo por caído.

 

Así pasa. Sin verse;
hasta que un sueño va tomando cuerpo,
deseando ser perenne,
afanoso en su empeño.


La tarde va tomando su color,
mezclando el azul con los tonos rosas,
añorando los afanes del sol
sobre la húmeda tierra arcillosa.
Entonces el viento se despereza
y sacude sus ramas,
logrando que me mueva
y deje de estar en profunda pausa.


jueves, 29 de octubre de 2020

NO RECUERDO



No recuerdo cuándo pensé que cada poesía,
        no importan los ojos que sobre otra piel la escriban,
        concibe y desarrolla su propia geometría
        para que tiriten los vellos que la reciban,
        aunque  también es verdad que la poesía,
        sin reparar ni en las modas ni en otras opiniones,
        expresa a la substancia que forma le daría
        sujetándose  a sus gustos y a las convenciones.
        Estos versos contienen vestigios desgarrados
       de una existencia llena de claroscuros días,
       con algunos momentos de éxtasis desangrados,
       rescatando furtivos colores olvidados
      en las líneas de un patio de paredes umbrías
      y palpitantes sentimientos amortajados...

Este soneto, titulado No recuerdo, abre el siguiente poemario que escribí, titulado Entresijos de la memoria. Si primero fue Mirando adentro, allá entre los 18 y los 21 años, si después, a partir de los treinta, escribí prácticamente como si una sola obra fuera,  Concierto en sol menor y Geometría corpórea, todas ellas ya comentada,  ahora tocaba Entresijos de la memoria.

En este poemario afronto, por primera vez, el problema de la memoria, del por qué se recuerda o se olvidan tantas cosas...  Y la obra comienza con dos sonetos. No recuerdo es el primero y en él nos vamos situando en medio del problema mencionado: la fugaz memoria.

Vamos con el segundo, titulado Entresijos de la memoria:


          Comprender el funcionamiento de la memoria
quisiera, para desentrañar los entresijos
angostos que mi vida han subido en la noria
de remotos tiempos incrustados de acertijos.
Quisiera saber por qué se recuerda o se olvida
las garabateadas edades de la inocencia,
cuando aprendíamos acerca de la vida
los secretos de la infancia  y de la adolescencia;
¿quién puede revelarme estos opacos misterios
sobre la tinta y el papel de tal escritura,
 quiénes ejercen tan recónditos magisterios
que me privan de los aromas de un limonero,
sintiendo  el vértigo de tan divina altura;
quién es dueño, Antonio, de lo que tanto espero?

En  este  la cuestión queda ya sobre la mesa.

En este poemario comienza una costumbre que aún sigo manteniendo: abrir cada poemario con un poema temático, en el que sucintamente se plantee sobre qué voy a escribir. Estos dos sonetos cumplen con esa función.

Ese Antonio a quién, en el verso final, le pregunto acerca de todo esto, no es otro que Antonio Machado, uno de los poetas que más me han influido a lo largo de toda mi vida. Tanto que la primera poesía que escribí fue tras leer su Castilla. En cuanto a influencias se refiere y más allá de la anécdota que acaba de contar sobre mji primer poema, la primera fue Gustavo Adolfo Bécquer, a quien dedicaré la próxima entrada que haga, y la segunda y una de las dos más continuada,  Machado.

En este mismo poemario se halla Limonero del Guadaíra, un conjunto de nueve poemas en los que dejo constancia de los recuerdos que quería salvar de mi infancia y adolescencia, y que comienza con la legendaria cita machadiana "mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y de un huerto claro donde crece el limonero", porque ese mismo árbol, un limonero, presidía el patio principal de la casa donde me crié, y del que escribí Limonero:

           El alto limonero
que el patio presidía,
entre tantos bocetos
de líneas torcidas,
majestuoso se alzaba
junto a la parra umbría
de mi cítrica infancia,
con  las hojas cerradas.
Por sus  ramas del tiempo,
subiendo descendía
contando los momentos
oscuros   de mis días.

           En cierta ocasión, Eva Maguillo Ramos, licenciada en literatura, tras leer una antología de mis poemas me comentó que encontraba en ellos la misma nostalgia que dejaba Machado en los suyos. Tal vez por eso su influencia sigue ahí, aunque sea como el telón de una obra de teatro, algo que, sin intervenir directamente en la acción, le da sentido. Y tal vez ya en este poemario estuviese siendo nostálgico de los tiempos olvidados...

Don Luis de Góngora y Argote

  Dentro del siglo de Oro de la literatura española, quizás sea Góngora el más dejado de laado o incluso desconocido. la Generación del 27 l...