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viernes, 18 de diciembre de 2020

DOS RETRATOS Y DOS CUADROS

 


En un comentario que dejé a la entrada anterior, hablaba de que Arco de Cuchilleros ocupa el tercer lugar dentro de la serie Siete cuadros y retratos y que éstos son unos poemas rescatados del olvido e incluidos dentro de Aromas nocturnos. Pues bien, como terminaba diciendo en ese comentario, hoy toca recordar algunos de esos cuadros y retratos.

los títulos de los siete son los siguientes: Anónimo retrato con palillo de dientes, Antónimo retrato espumoso, Arco de Cuchilleros, Olas de la playa, La luz de la farola, Plaza de toros y Trapecistas. Y cada uno de ellos responde a un estilo pictórico distinto, pues hay desde el realista hasta el impresionista, desde el que se limita a narrar lo observado hasta el que proyecta algo de su estado interno en el objeto externo observado. En todo caso le dan a Aromas nocturnos algo que después se expresaría más nítidamente en Cuatro paisajes y otros poemas: mi gusto por expresar pictóricamente mi estado interior.

Veamos algunos de estos cuadros y retratos:


ANÓNIMO RETRATO  CON PALILLO DE DIENTES

Un viejo, echado sobre una mesa,
cuenta con vahídos de borrachera
su embriagadora vida displicente,
neblina dibujada con palillo.
Maestrante catador de malos vinos
escurridos entre dispersos dientes.
Por los que una aceituna se cae
sin que adivinarse pueda a qué sabe
ni el color de ese palillo de dientes
que se empeña en llevarse el retrato
en vez de funámbulo propietario.

 

ANTÓNIMO RETRATO ESPUMOSO

Levanta la copa, brindis al sol,
hablando de su celebrado amor
que reparte y comparte destellos
burbujeantes de su gran corazón,
con sus altos, verborreantes anhelos,
mientras que ella su liviano silencio
sostiene sobre su falda plisada
de espumosa negativa callada…
Hasta que, rotas transparentes copas,
chismeante cava rosado se agota.

 LA LUZ DE LA FAROLA

La luz de la farola
el viento se la lleva
entre diáfanas olas
de lloviznas dispersas;
 
la luz de la farola,
la luna piropea
entre neblinas mozas
de piernas ligeras;
 
la luz de la farola,
la nieve la apedrea
con las blancas corolas
de floridas esferas.

 TRAPECISTAS

Trapecistas en el aire,

con sus vidas en vilo,

buscando un punto de amarre

en el cóncavo infinito.

 


sábado, 12 de diciembre de 2020

ARCO DE CUCHILLEROS

 


El Arco de Cuchilleros es una de las entradas más afamada a la Plaza Mayor de Madrid. Durante los años que pasé allá, mis viejos tiempos de estudiante, recorrí esa calle muchos días, unas veces camino de la Estación de Atocha, otras de la Puerta del Sol, otras... siempre partiendo desde donde me alojaba, en la Calle Marqués de Urquijo, junto al metro Princesa.

Muchos pintores se han fijado en este arco y uno de esos cuadros, de estilo naif y que abre esta entrada, ha estado muchos años ocupando un rincón de mi salón. Y durante todo ese tiempo me ha traído a la memoria tantas cosas en las que participé o que me pasaron por aquellos entonces... y en él me inspiré para hacer una poesía que también estuvo muchos años olvidada, perdida entre tantas papeles desordenados, pero felizmente recuperada e incluida en un poemario, el sexto que escribí, sin más razón que su tema se prestaba a ser incluido en una obra de temática tan amplia como la recogida en Aromas nocturnos.

Dice así este poema:


De cansada arquitectura cimbreada,
se ha quedado en mi memoria fijada
la casa prodigiosa,
líneas esplendorosas,
que da entrada a la Plaza Mayor.
Allanado  clamor
de tunos oficiantes
de alguna ocurrencia festejada
entre los variables representantes
del castizo humor.
La cada, que simula estar sentada
a la mesa camilla
que le regala gentil la escalera,
soporta balcones y ventanillas,
florecientes macetas,
gatunas desconchadas buhardillas
y curiosa chimenea mugrienta.
Las ventanas, cerradas,
No hay ropa tendida…
Como si el cansancio apadrinara
las labores cansinas
que, sobre el alto Arco de Cuchilleros,
realizan los hambrientos,
cansados madrileños,
untando con hogareña mantequilla,
de la pared sesgada,
su tostada levadura de sueños.


jjjjjjjj

 bbff

lunes, 2 de noviembre de 2020

LA INFLUENCIA DE BÉCQUER

 


  Decía en una entrada anterior que empecé a escribir bajo la influencia de Gustavo Adolfo Bécquer. Así es, pero no menos cierto es que, ya antes que él, estuvo la de Antonio Machado, a propósito de la cual contaba la anécdota de que, en una clase de Literatura y Lengua Española, leí el poema Castilla y de inmediato escribí uno, Andalucía,  a su semejanza; se lo enseñé a D. José Manuel, el profesor que nos daba esa materia, lo leyó en uno de sus interminables paseos a lo largo de las filas de pupitres y me lo devolvió sin decirme ni una palabra. Pero de inmediato, cosa, por lo demás, propia de aquellos años adolescentes, la influencia de Bécquer.

Cuando se habla de Bécquer,el principal poeta del romanticismo español, la atención se suele centrar en esta temática, la cual en aquellos años fue muy importante para mí. Pero no menos lo ha sido el otro tema capital en la producción literaria becqueriana, la muerte, un tema al que he dedicado dos libros completos y otros muchos poemas sueltos, con lo que, a la postre, ha tenido en mí mayor trascendencia que aquél.

La forma que usaba Bécquer era la lira, una estrofa (versos asonantes de siete y once sílabas métricas ordenados según el deseo del autor) muy flexible y propia de la rebeldía romántica frente a otras más clásicas y rígidas, como el soneto. y con la lira comencé a escribir. Curiosamente conservo pocas poesías escritas así, porque enseguida di el paso hacia otras estrofas más típicas de Machado, como el romance o el soneto, con lo que ambos poetas compartieron su influencia.

Aquí pongo una de tema romántico, un tanto becqueriana, perteneciente a mi primer poemario, Mirando adentro, del que ya he hablado en varias entrada:

Cuando el sol extiende su manto rojo
y fijo mis pupilas en tus ojos,
la paz inunda mi pecho
desde el frágil firmamento.


En el mismo poemario y en la misma línea, este otro poema:

Un temblor invertebrado
recorre mi columna vertebral
desde el géiser de tu abrazo
a la médula de mi identidad.

Y acabamos esta entrada con  este soneto, titulado Cuando tú sales:

Cuando tu sales, el sol amanece
y las estrellas se cierran cual flores,
eclipses en celo de tus amores;
cuando tu sales, mi cuerpo amanece.
 
Cuando tu sales, canta la primavera
con la purpúrea luz de Andalucía,
bullendo en mi reloj de cada día,
palpitando en tu fruta mañanera.
 
Sales en un murmullo de primores,
trinos del esplendor de la mañana
por versallescos pájaros cantores.
 
Pero cuando te quedas en casa,
suena para mi la pena temprana,
mientras tu mano mi desdicha amasa
 
con el ritmo de luto en la campana.


y para acabar esta selección, un poema de Aromas nocturnos, titulado Pretérito imperfecto:

En esas lentas tardes
que pasan en pretérito imperfecto,
se sacuden los trajes
de los imberbes sueños.
Como en esta blanda tarde de otoño;
que todo está vivido
aún antes de que se asiente el poso,
dado por fenecido
sin que más alboroto
se produzca dándolo por caído.

 

Así pasa. Sin verse;
hasta que un sueño va tomando cuerpo,
deseando ser perenne,
afanoso en su empeño.


La tarde va tomando su color,
mezclando el azul con los tonos rosas,
añorando los afanes del sol
sobre la húmeda tierra arcillosa.
Entonces el viento se despereza
y sacude sus ramas,
logrando que me mueva
y deje de estar en profunda pausa.


Don Luis de Góngora y Argote

  Dentro del siglo de Oro de la literatura española, quizás sea Góngora el más dejado de laado o incluso desconocido. la Generación del 27 l...